Niños que juegan solos: la ciencia explica cuándo es sano

Un estudio de la Universidad de Georgia revela por qué algunos niños que juegan solos son felices y otros terminan aislados

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La recomendación no busca eliminar el tiempo a solas del niño, sino asegurar que sepa que la puerta del grupo sigue abierta. Crédito: Zoia Kostina | Shutterstock

Con el regreso a clases ya en marcha en buena parte de Estados Unidos, muchos padres observan con atención cómo se relacionan sus hijos en el salón y en el recreo. Un niño que prefiere el rincón de lectura antes que el grupo del patio suele encender una alerta, sobre todo al querer saber si le está costando adaptarse.

Una investigación reciente, publicada en la revista científica The Elementary School Journal, ofrece una respuesta más matizada de lo que parece a simple vista.

No es lo mismo estar solo que sentirse excluido

El equipo de investigación, liderado por la Universidad de Georgia (UGA), encontró que jugar solo no predice automáticamente infelicidad en un niño. Lo que sí marca la diferencia es si el menor cree que, aunque decida no participar, sus compañeros seguirán invitándolo a jugar.

Esa certeza de pertenencia funcionó como un colchón emocional frente a la soledad, incluso entre quienes se retiraban del grupo con frecuencia. En cambio, los niños que restaban importancia a encajar con sus compañeros, y que por eso rechazaban invitaciones sin mayor reparo, reportaron sentirse insatisfechos con sus relaciones, tanto a nivel individual como dentro del grupo de clase.

Cómo se diseñó la investigación

Los autores analizaron respuestas de 473 estudiantes de cuarto y quinto grado, de entre 9 y 11 años, en varias escuelas primarias de Georgia.

A los propios compañeros de clase se les pidió señalar quiénes preferían jugar solos aunque se llevaran bien con los demás. Los niños, por su parte, calificaron qué tan importante era para ellos sentirse parte del grupo y evaluaron la calidad de sus vínculos, tanto en amistades cercanas como en la dinámica general del salón.

La psicóloga Michele Lease, coautora del estudio y profesora en la UGA, comparó la interacción social con otros hábitos que sabemos que nos convienen aunque no siempre tengamos ganas de practicarlos, como hacer ejercicio o comer vegetales. Según explicó, rechazar invitaciones sociales de forma sistemática, al igual que evitar el ejercicio, tiende a traer peores resultados con el tiempo.

El patrón que enciende la alerta: aislamiento silencioso

El estudio identificó un grupo de niños etiquetados por sus propios compañeros como «poco sociables», que además se mostraban insatisfechos con su lugar en el aula. Estos menores lamentaban, por ejemplo, comer solos en el almuerzo o no ser elegidos primero para los grupos de lectura.

Curiosamente, muchos de ellos sí lograban mantener una o dos amistades cercanas y exitosas, aunque la investigación subraya que aprender a moverse dentro de la dinámica de grupo es una habilidad igual de relevante durante la infancia.

La investigadora Rachael Pfanz, autora principal del estudio y doctorante en la UGA, señaló que hacia cuarto y quinto grado los grupos de amigos ya están más consolidados y los niños cuentan con más experiencia social, lo que les permite distinguir con mayor claridad entre un compañero que ocasionalmente prefiere estar solo y otro que se está aislando de verdad.

Cuando jugar solo sí es una elección sana

El otro perfil que identificaron los investigadores es distinto, ya que mostró niños que sí valoran pertenecer al grupo, pero que igual eligen jugar solos buena parte del tiempo.

Estos, según los resultados, se sentían bien tanto en sus amistades individuales como en su rol dentro de la clase. La explicación de los investigadores es que este grupo acepta suficientes invitaciones como para sentirse incluido, sin dejar de sentirse cómodo rechazando otras cuando simplemente no les apetece socializar, sabiendo que tendrán nuevas oportunidades más adelante.

Qué pueden hacer padres y maestros esta temporada escolar

Los autores del estudio recomiendan que padres y docentes tomen en cuenta estos hallazgos antes de organizar actividades grupales o de presionar a un niño retraído para que participe en una dinámica social que no desea.

En lugar de empujar a un niño que prefiere jugar solo directamente a una actividad grande y abrumadora, como un partido de fútbol con todo el patio, Pfanz sugiere acercarlo primero a un grupo pequeño con intereses o comportamientos similares y observar cómo responde.

La recomendación no busca eliminar el tiempo a solas del niño, sino asegurar que sepa, con certeza, que la puerta del grupo sigue abierta. Esa seguridad, más que la cantidad de horas que pase acompañado, parece ser lo que realmente protege su bienestar emocional en el aula.

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