Sonreírle a tu bebé podría estar entrenando su corazón para regular las emociones

Dos estudios de la Universidad de Miami revelan que las sonrisas compartidas entre bebés y cuidadores podrían ayudar a desarrollar la regulación emocional

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Esos pequeños instantes compartidos podrían estar aportando, silenciosamente, una base física para que el bebé aprenda, con el tiempo, a manejar sus propias emociones. Crédito: Shutterstock

Ese intercambio de sonrisas entre una madre y su bebé, tan común que rara vez se piensa dos veces, podría estar haciendo mucho más de lo que parece.

Dos estudios recientes liderados por investigadores de la Universidad de Miami, publicados en la revista científica Philosophical Transactions of the Royal Society B, sugieren que esas sonrisas compartidas dejan una huella física medible en el cuerpo del bebé, y que esa huella podría ser parte de cómo los más pequeños aprenden a regular sus propias emociones.

Cómo se midió algo tan sutil como una sonrisa compartida

El primero de los dos estudios analizó a casi 1,000 bebés de cuatro meses mientras interactuaban con sus madres, usando electrodos para registrar los latidos de su corazón durante esos momentos. Lo que midieron en particular fue la arritmia sinusal respiratoria, una variación del ritmo cardíaco asociada a la respiración que los científicos consideran un indicador fisiológico reconocido de la capacidad de adaptación emocional.

El dato más llamativo de este primer estudio es que ese cambio fisiológico en el bebé no apareció simplemente porque el bebé sonriera, ni tampoco cuando solo la madre mostraba una expresión positiva.

El efecto únicamente se hizo presente cuando ambos, madre y bebé, se involucraban juntos en un momento de positividad compartida, de acuerdo con lo explicado por Daniel Messinger, profesor de psicología y pediatría en la Universidad de Miami y autor principal de la investigación.

Messinger resume la importancia de este hallazgo con una idea breve: según él, jugar no es solo diversión y juegos, sino un evento fisiológico real que ocurre dentro del cuerpo del bebé.

En otras palabras, ese ida y vuelta de sonrisas no sería un simple gesto social, sino un proceso que deja una marca medible en el sistema nervioso del bebé, justamente el tipo de proceso que, con el tiempo, contribuye a que aprenda a manejar sus propias emociones.

Quién sonríe primero, y quién decide terminar

Un segundo estudio del mismo equipo, también publicado en la misma revista, se enfocó en cómo se influyen mutuamente los bebés y los adultos al sonreír.

Los investigadores encontraron que los adultos inician y sostienen los intercambios de sonrisas con más frecuencia que los propios bebés, y que ver sonreír a un adulto aumenta de forma notable la probabilidad de que el bebé también empiece a sonreír.

Curiosamente, fueron los bebés, no los adultos, quienes con mayor frecuencia pusieron fin a esos momentos de sonrisas compartidas, un comportamiento que los investigadores interpretan como un posible primer intento de autorregulación como una forma temprana de manejar su propio nivel de entusiasmo.

El mismo estudio encontró, además, que los bebés fueron más propensos a devolver la sonrisa a sus madres que a sus padres o a un adulto desconocido, y que los bebés más pequeños tendieron a esperar a que el adulto sonriera primero, un patrón que parece ir cambiando a medida que crecen.

Lo que este hallazgo todavía no prueba

Ninguno de los dos equipos de investigación afirma que cada sonrisa individual transforme el desarrollo emocional de un bebé, ni que esta evidencia demuestre una relación de causa y efecto comprobada.

Lo que muestran, de forma más puntual, es que cuando una madre y su bebé de cuatro meses se involucran juntos en un momento positivo, ocurre un cambio físico temporal en el cuerpo del bebé que no se observa de la misma manera cuando solo una de las dos partes participa.

Los propios investigadores plantean que la capacidad de regulación emocional en la primera infancia parece desarrollarse a partir de una combinación entre el comportamiento propio del bebé y la calidad de su relación con quien lo cuida.

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