¿Por qué mi hijo se sigue chupando el dedo y ya tiene 4 años?

La acción de succionar es una de las más placenteras para los bebés, tanto como la de comer o dormir, pero a la edad de 3 o 4 años, seguir con esta conducta puede ser síntoma de algún conflicto emocional

Hay que tener paciencia y tolerancia, cada niño dejará por sí solo de chuparse el dedo. / Foto: Shutterstock.

Hay que tener paciencia y tolerancia, cada niño dejará por sí solo de chuparse el dedo. / Foto: Shutterstock.

El alimentarse del pecho de la madre o el biberón, más allá de satisfacer a los más pequeños su hambre, es una de las sensaciones más placenteras que experimentan por la acción de chupar. Y es que la boca representa en el recién nacido y el niño una parte muy sensible de su cuerpo; es su primer contacto con el mundo exterior. No obstante, cumplidos los 3 o 4 años de edad, mantener ese placer succionando otra parte de su cuerpo como uno de sus dedos, puede ser considerado por especialistas en el área infantil como un síntoma de conflicto emocional.

“Esta fijación en un comportamiento infantil sobreviene cuando se presentan condiciones difíciles”, señala el libro Mi hijo crece, al tiempo de plantear que en ocasiones puede reaparecer la succión del pulgar en un niño que había abandonado esa costumbre por este mismo tipo de situaciones. “Condiciones particularmente difíciles le han asustado y prefiere volver atrás y recurrir a un comportamiento infantil que le proporciona mayor seguridad”.

Estos retrocesos y estas regresiones afectivas son, pues, en el niño, la expresión de conflictos emocionales, y debemos considerarlos como síntoma, apunta el libro.

El placer de chupar o succionar

En el libro Mi hijo crece se explica que la sensación que experimentan los bebés al chuparse el dedo es un placer intenso con el que satisfacen una necesidad tan inevitable como la de comer o dormir y, durante mucho tiempo, la zona bucal continúa siendo fuente de intensos placeres, hasta el punto de que en cuanto el niño experimenta la primera inquietud, molestia o cansancio recurre a ese consuelo.

Algunos pequeños alimentados con biberón terminan sus comidas muy de prisa si este tiene los orificios muy grandes, y una vez saciados, siguen reclamándolo para satisfacer el placer de seguir chupando. Pero si se les niega el tetero, pronto recurrirán a sus deditos para proporcionarse el resto de la ración, refiere el libro.

¿Qué hacer para que el niño deje de chuparse el dedo?

De nada sirve intentar por la fuerza que desaparezca esa mala costumbre, apunta el libro Mi hijo crece; los esfuerzos en este sentido son casi siempre inútiles. Además, incluso si se alcanza el resultado tan deseado, sólo lo es a costa de un contra efecto siempre perjudicial.

En este terreno, apunta el libro, toda medida educativa debe ser sometida al principio general de que no puede ser útil sino en la misma medida en que corresponda a las exigencias y necesidades del pequeño. A veces basta con que se resuelva una penosa situación familiar.

Advertencias continuas, persuasión, amenazas, promesas y burlas no suelen conseguir más que fijar en el niño esta costumbre. Casi siempre son inútiles y por su ineficacia van a la par de los métodos de fuerza, tales como untarle los dedos de soluciones amargas o malolientes, limitar la libertad de sus manos atándole, hacerle llevar guantes, incluso, como han llegado a proponer algunos, ponerle pinchos en la boca, son evidentemente procedimientos absurdos y que sólo pueden resultar contraproducentes, señala el libro.

Asimismo, refiere el libro, cuando sus dificultades afectivas estén resueltas, el pequeño abandonará por sí solo este procedimiento de íntima satisfacción. Hay que ser tolerante y tener paciencia ante esta costumbre inofensiva que no acarrea ninguna consecuencia desagradable.

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